UN DÍA, sin saber cómo ni por qué, los ejotes mutaron. Mutaron en los verdes, hermosos y fríos campos -que en realidad deberían ser bosques- cercanos a Pátzcuaro, Michoacán, México. Se convirtieron en ejotes gigantes, del tamaño de un hombre, de un hombre alto, con tentáculos como Cthulhu y muchos ojos que les permitían una visión periférica; no podían ser atacados por la espalda ni sometidos con facilidad. A pesar de ser torpes y lentos, eran malvados; su fuerza sobrenatural y ferocidad bestial les dio la idea -por que ideas, según las leyes de la lógica, pueden tener todos los animales, y estos al ser como bestias, las tenían-, la idea de convertirse en la especie dominante y derrocar al hombre.
A pesar de ser mentalmente menos evolucionados y carecer de emociones, pues eran aún vegetales, fueron con su fuerza bruta, su color verde podrido, su olor a legumbre y sus malas intenciones a robar armas, a matar personas sin clemencia ni miramientos, a asaltar bancos, a destruir escaparates y cometer toda clase de actos violentos. Con palabras torpes y atropelladas, en un español digno de Cantinflas en su versión de Horror, amenazaban a la humanidad entera, a los otros vegetales, a los bichos y a los árboles -cuya ausencia de respuesta los hacía enfurecer, pues estos brutos no entendían que los árboles no hablan-, y avanzaban por las calles de las ciudades, y se expandían por el país.
Las fuerzas armadas y la policía no eran suficientes para contener su avance y sed de destrucción, puesto que estaban desorganizados y eran cobardes. Los altos mandos terminaron de robar lo que pudieron y desaparecieron. Los policías estaban gordos y sin condición física, se cansaban rápidamente y se rendían y sus cabezas eran arrancadas por los tentáculos o por unas fauces poco desarrolladas similares a las bocas de las tortugas; los soldados se unieron a los saqueadores y huían con las cosas robadas y aprovechaban para cometer violaciones y asesinatos a sangre fría que más tarde atribuyeron a los vegetales mutados. Las balas y explosiones no eran suficientes para detener a los ejotes, que al perder una parte seguían caminando, arrastrando o lo que pudieran con el resto que quedase de su cuerpo, hasta que solo quedaban pedazos pequeños, cuasi diminutos, incapaces ya de hacer algo más allá de lo que hace un vegetal normal.
La gente perdía la esperanza; por todos lados surgían súplicas al cielo, hacia ese dios inexistente y por lo tanto impotente. Los ejotes avanzaban, destruían, golpeaban, despedazaban y cada vez había más.
Justo cuando algunos abandonaron al esperanza y se echaron a llorar surgió un héroe de las sombras. Nadie sabe quién era, nadie pudo reconocerlo. Un verdadero anónimo, un nadie de aspecto ranchero, ropa de manta, sombrero polvoriento, huaraches de un cuero tan curtido como sus propios pies. Él arrancaba los miembros de los ejotes mutantes a mordidas, los macheteaba, los comía curdos, asados en el fuego de la propia destrucción que causaban, cocidos en el vapor de la confusión, sazonados con al sangre de sus víctimas, aderezados con golpes y porrazos, acompañados con salsita o chilito y sal y limón.
Los ejotes no supieron qué les pegó: no solo no podían comprenderlo -no tenían un cerebro lo suficientemente desarrollado para llegar a tales conclusiones- sino que empezaron a desaparecer tan rápidamente que no podían comunicarse con sus iguales para enterarse de lo acontecido.
Ejotes eran mordidos aquí y ahí, digeridos y dejados en el olvido. Ejotes crujían en todas partes de la república por donde avanzaba el héroe sin nombre ni origen. Nunca habló con nadie, nunca nadie le preguntó nada. Solo mordía y mordía ejotes; avanzaba tenedor y cuchillo en ristre y pronto se convirtió en el terror de la plaga.
En algún punto de la historia, en un momento en que se dieron cuenta que ya no quedaban más ejotes mutantes -solo los normales-, alguien decidió hacer frente al hombre, que ahora se le miraba triste y decaído, cómo fue que logró salvar a la humanidad -los Estados unidos tenía un plan para acabar con los ejotes justo después que éstos hubieran acabado con los mexicanos para "limpiar" el territorio y quedarse con él 'como posible consecuencia no premeditada, sino un terrible e inevitable daño colateral' había dicho la Casa Blanca a los pobladores de dicho país-, el hombre contestó, triste: "me fascinan los ejotes, nunca había visto unos tan grandotes, y pues, me dio hambre y pos, me los comí."
Y el mundo regresó a la normalidad y los verdaderos monstruos siguieron sueltos por ahí...
Pero de los ejotes gigantes ya nadie se preocupa.